• Raquel Villaescusa, doula

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El miedo es una de nuestras emociones más primarias, puede ser bloqueante o avisador, pero en cualquier caso despierta nuestros instintos, nos trae lo más primitivo de nosotros mismos y nos ancla en patrones conocidos que nos proporcionan la seguridad que necesitamos para mantenernos en equilibrio, aunque sepamos que esos patrones no son nuestros o no nos gustan. Vivimos momentos que no podemos comprender, nos sentimos desbordados e impotentes, no estamos acostumbrados a que se nos escape la dimensión de las cosas. Esto es nuevo. En absoluto estábamos preparados para ello. El miedo es contagioso, como el resto de emociones. Somos mamíferos, especie de manada, de tribu, de pertenencia, de socialización. Necesitamos ser en función de otros, sentirnos identificados con el grupo, y a veces la empatía nos juega malas pasadas. Pero el miedo también es energía que nos impulsa a afrontar lo que nos viene. Así que, aprovechemos este aislamiento que nos confina en la convivencia como único modo de vida, para optimizar todo ese torrente emocional que esta situación nos supone. Y sin saltarnos las partes del proceso de la gestión de nuestras emociones, después de cada mal momento, de cada bloqueo, de cada tristeza, después de llorar, reír o gritar, pongámonos canalizar toda esa energía en acciones aportadoras. No nos dejemos ganar por el miedo, porque sabemos que proviene de nuestros pensamientos anticipatorios, y por tanto no es real ni objetivo, y mirando a futuro nos perdemos el presente del detalle y de las pequeñas cosas con los que más queremos. Además, la mayor parte de lo que imaginamos no sucederá porque está en nuestra imaginación. Pongamos el pensamiento a nuestro servicio y nuestras emociones bajo nuestra gestión. Dejemos a un lado lo que no está en nuestras manos y abordemos cada día según nos llega, desde la confianza en nuestra propia naturaleza. Seamos prescriptores de nosotros mismos. Cuidemonos y cuidemos de los nuestros. Riamos y disfrutemos, porque todo pasa, y esto que estamos viviendo también lo hará. Y nos pueden quitar todo, pero nada ni nadie puede despojarnos de nosotros mismos. Así que, tras aprovechar estos tiempos de parar que nos invitan a reflexionar, y con la energía renovada cada día, pongámonos en nuestro rol de cuidadores, si nos toca, y compartamos con los nuestros desde el amor y el abrazo, desde el estar, simplemente el estar. Porque tanto nuestros mayores como nuestros pequeños están igual de asustados y preocupados que nosotros, y no necesitan reprimendas ni exigencias, ni control ni imposición, no necesitan que les repasemos a unos las medicinas y a otros los deberes, pero sí necesitan sentir que estamos y estaremos. Y según pasen los días nuestro comportamiento y el suyo cambiará, y quizá se vuelva extremo, porque todos estamos acumulando enfado, ansiedad, rabia, impotencia... Y esto es normal en momentos desesperados como este, y es bueno, porque significa que sacamos fuera lo que nos toxifica, que expresamos, y lo hacemos ante los que más queremos y en quienes más confiamos. Ahora lo que seguro necesitamos es sentirnos arropados, sostenidos, apoyados, escuchados y queridos, sobre todo queridos. Y a veces eso como mejor se demuestra es acurrucados bajo una manta. Ya nos preocuparemos del cole de los peques y de las rutinas y los médicos de nuestros mayores, porque ahora toca querernos. Y es que la salud mental es tan fundamental como la física, porque somos todo uno, cuerpo, mente y emociones. De cómo nos sintamos durante estos malos tiempos, dependerá cómo nos sentiremos cuando vengan los buenos.

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