Nos separamos, no eres responsable y nuestro amor por ti nunca cambiará

El divorcio es una situación nada deseable por una pareja que ve cómo sus planes y proyección de vida se quiebran por una u otra causa. La pareja asume como puede la ruptura, y un factor fundamental en esa gestión es si tienen o no hijos.

 

Aunque sabemos que una separación implica numerosos cambios y sus consecuencias afectan e implican a la unidad familiar al completo, para los niños suele ser inesperado, aun si sabían de las dificultades de sus padres, y les rompe la estabilidad a la que estaban acostumbrados. La incertidumbre les abruma. Ellos son los grandes perdedores. Desde ahí ¿cómo podemos ayudarles?.

 

No entienden qué significa divorciarse ni lo que es una relación de pareja, solamente perciben que sus padres ya no están juntos ni con el siempre, como hasta ahora, y como todo con lo que no entienden por qué sucede y tiene que ver con su familia, tienden a pesar que ellos tienen algo de culpa de lo sucedido.

 

Los divorcios con una gestión emocional desafortunada hacia los hijos, pueden revertir en el fracaso escolar, comportamientos inapropiados y en la necesidad de apoyo psicológico.

La coherencia, la cooperación, el apoyo mutuo y la no confrontación son las claves.

 

Durante el proceso, según el momento evolutivo del niño, así serán sus reacciones, sus necesidades y su capacidad de gestión del asunto:

 

En la infancia más primaria, hasta los dos años aproximadamente, somos su principal figura de referencia, no entienden qué es un divorcio ni lo que implica. Pero son muy sensibles y  percibirán el cambio. Sentirán también la ausencia. El no saber cómo, cuándo y cuánto seguirá viendo a sus padres les angustiará, y si uno falta en su hogar, se sentirán abandonados. Todas estas cuestiones tendrán e él su manifestación emocional y física, a través de enfados, llantos intensos, irritabilidad, alteraciones de sueño, problemas de alimentación o cuestiones de cualquier otra índole.

 

Cuando están en la etapa de dejar de ser bebés para convertirse en niños, entre los dos y los cinco años, más o menos, es posible que le afecte a su etapa evolutiva y sufre ciertos bloqueos y retrocesos. Serán conscientes de sus emociones al respecto, pero no siempre sabrán ponerles nombre, y no tienen herramientas suficientes para manejarlas. Fantasearan con la vuelta del que se fue de casa. Puedes servirte del juego conducido para acompañarle en la expresión de su malestar. Acepta lo que venga con paciencia y empatía, reconduciendo comportamientos y reacciones que no te parezcan adecuadas, desde la explicación con el lenguaje que el entienda. Refuerza el vínculo y el afecto, y también las garantías de que vuestro amor por él se mantiene intacto, de que él no es responsable de nada, que nada le impedirá estar con vosotros, aunque sea por separado y que nunca estará solo, y acompaña la gestión sus miedos.

 

Los niños de 6 a 12 años comienzan a ser más sensibles hacia sus propias emociones y las de los demás, son más capaces de entender lo que pasa, pero siguen teniendo miedo al rechazo o sentimientos de culpa. Se suelen sentir traicionados, tristes y rabiosos. Pueden sufrir pesadillas, regresiones, sentimientos de abandono. Es importante mantener informado a su centro escolar. También asegurarle que sus padres seguirán ahí, pero separados.

 

Los adolescentes estén en plena búsqueda de identidad e inmerso en múltiples cambios, físicos y emocionales, en un ensayo desde la experiencia de lo que serán como adultos. El divorcio puede ser un disruptor de la construcción de su identidad y debilitar la seguridad que necesitan para llevarla a cabo. Intentaran compensar fuera de casa esas ausencias y paliar sus miedos. Y es posible que desde la llamada de atención desesperada intenten evitar la separación. Por ello, en esta etapa es imprescindible una explicación abierta y sincera de la situación, así como mantenerlo al margen del proceso de pareja.

 

 

 

 

Es necesario para su adaptación los cambios sucedan de manera gradual, que sus necesidades sean prioritarias, que valoremos sus peticiones como herramientas de su propia gestión, que se mantenga un único criterio respecto a su crianza y educación y que la situación se normalice lo antes posible.

 

En general, lo principal es no perder de vista que el proceso es sólo de la pareja, que los hijos no han de participar ni son en absoluto responsables, y más que nunca necesitan apoyo y sostén, y somos responsables de proporcionarles la ayuda necesaria para transitar por el duelo que les supone la pérdida de la imprescindible estabilidad que les proporciona la unidad familiar, único modelo que hasta ahora han vivenciado. Nunca les mostremos nuestro conflicto, la fuente de mayor malestar para ellos, porque no están listos para posicionarse, ni les corresponde. Si algún miembro de la familia necesita ayuda profesional para superar esta situación, ha de recibirla. Y hay algo que es absolutamente objetivo: para los hijos es preferible la separación a una convivencia desde la agresividad, la violencia, la falta de respeto y el desamor.

 

Más que nunca establece con ellos una escucha activa y atención plena hacia sus pedidos y sus emociones. Paciencia para todos, porque esto requiere tiempo, y para cada cual el suyo. Reconoce su estrés y el vuestro, y gestionadlos. Presta completa atención a sus reacciones y comportamientos, porque son las pistas para saber cómo se sienten, y no siempre sus vías de expresión son inmediatas ni directas. Entiende que su proceso, paralelo al vuestro, pasa de la conmoción, tristeza y frustración al enfado y la preocupación, y también que la inevitable desestabilización y modificación de sus rutinas, en mayor o menor medida, no ayuda en absoluto.

 

Contádselo solo cuando lo tengáis todo claro, cuando os sintáis fuertes para hacerlo, y estéis seguros de qué y cómo se lo vais a hacer llegar, teniendo siempre presente su momento evolutivo y todas sus circunstancias personales, siempre desde la empatía, el vínculo, el afecto y la validación, porque de todo el proceso de separación, este será, sin duda el momento de mayor responsabilidad y que requiere mayor delicadeza y cuidado. Prepárate para sus preguntas, porque es imprescindible tu respuesta sincera y clara, y quizá requieran de ayuda para expresar sus sentimientos. Y al final de esa conversación, lo único que es imprescindible que les quede claro, es que no son responsables y que vuestro amor por él continua intacto.

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