Videojuegos: del entretenimiento a la obsesión, un paso

Cuando yo era niña mi padre me trajo de Estados Unidos unas maquinitas con una pequeña pantalla en blanco y negro y unos botoncillos, con los que se podía perseguir a unas bolitas con boca o cazar a unos gorilas. Desde entonces hasta ahora los juegos en dispositivos móviles han cambiado muchísimo.

 

Los llamados videojuegos han evolucionado tanto en tecnología, contenido y versatilidad que hemos pasado de jugar a matar monstruos o interactuar con desconocidos en las redes. Y en este tiempo se ha convertido en uno de los pasatiempos fundamentales de nuestros hijos.

 

Los niños vienen de serie adaptados para el cambio, a los mayores nos cuesta más. Ellos han nacido en la era de consumismo y la oferta y la demanda, dónde todo va muy rápido, nosotros nos hemos ido adaptando como hemos podido. Del vhs a las consolas interactivas a través de cualquier pantalla, en un abrir y cerrar de ojos. Y además la publicidad y la mercadotecnia nos lo presenta tan atractivo e interesante, que en ocasiones nos cuesta discernir.

 

La alarma está en el móvil, el coche tiene pantalla, al llegar al trabajo el ordenador, al llegar al cole hay pizarra digital, libros digitales y tablet. Tras el trabajo móvil, tele, videojuego o nos conectamos a Internet. Así es imposible que nuestros hijos, que aprenden desde el ejemplo, desechen las pantallas con herramienta útil, cuando sus adultos de referencia los utilizamos de manera tan integrada y cotidiana, que a veces nos encontramos sin argumentos para negarles un disfrute que ven en nosotros casi cada día.

 

No se trata de apartarlos, sino más bien de evitar sus efectos nocivos. De integrarlo desde el sentido común informado, valorando ventajas e inconvenientes. De limitar todo lo posible esos tiempos de sofá con el dedo en la pantalla. Como en otros asuntos de la crianza, nos toca aprender a decir no con la misma contundencia que cariño, porque hablamos de algo demasiado estimulante para no resultar tentador, y demasiado adictivo para que responda al autocontrol.

 

 

 

Los niños no son nativos digitales, no es su naturaleza ni su idioma, las pantallas son una herramienta más, social, educativa y lúdica, y como tan debemos tratarla, pero no favorece la inteligencia, la creatividad, la autoconfianza.

 

El juego es un elemento muy atractivo para el ser humano, porque supone superación de metas y consecución de objetivos, algo intrínseco de nuestra naturaleza, y las plataformas online ofrecen una versión muy avanzada de esta condición elemental. ¿Cómo no van a conquistar a pequeños y adolescentes? ¿Cómo hacer para acompañar a nuestros hijos en el acercamiento a los videojuegos y cómo elegir con ellos con acierto? Pues según su edad y su capacidad de elección y responsabilidad, y el tipo de actividad que realizarán con ello.

 

Los seis primeros años, mejor sin tecnología. Están desarrollando la imaginación, y es el momento del juego libre. Sus cuerpos están creciendo muy rápido, y el sedentarismo les perjudica. Necesitamos emocionarnos para aprender, y sin experiencia vital eso no sucede. Siendo espectadores de la vida de otros solo hay imitación y automatismo, pero no evolución.

 

De más mayores lo online les abre un mundo de posibilidades, pero siguen sin tener las herramientas necesarias y la consciencia para asumir una gestión real de este entretenimiento, quedando atrapados por los estímulos y obligando sin querer a su cerebro a hacer un esfuerzo innecesario y excesivo.

 

Cuando todo está en la máquina, los estímulos son tan intensos y rápidos, que no pueden competir con los ritmos cotidianos, mucho más lentos y variables. Desarrollar una atención rápida puede convertir a nuestros hijos en impacientes, incapaces de esperar para recibir. Si se lo dan todo hecho, la imprescindible tolerancia a la frustración no llegará. La concentración no aparece sin la calma, y el estado de constante ansiedad que supone la estimulación excesiva sólo nos devuelve adrenalina, apatía, insatisfacción y dependencia, además de matar la creatividad y limitar las relaciones sociales.

 

El impacto de los videojuegos en el cerebro de nuestros hijos es innegable. Y el mayor problema es que las consolas han ocupado el espacio de los juegos de mesa, la lectura de libros y cuentos, los ratos con los amigos jugando en la calle, o los ratos de entretenimiento en familia. Y con esas actividades los niños aprendían conocimientos valiosos y habilidades sociales, pero con los videojuegos no es así. Por lo tanto, parece evidente que han salido perdiendo, que los padres tenemos una cuestión que atender y resolver.

 

Si un niño parece obsesionado por los videojuegos y se muestra inquieto, infeliz, distante, airado cuando no está jugando, cuando no es capaz de jugar a nada más y prefiere estar encerrado en casa consigo mismo a salir a jugar con los amigos, estemos alerta porque puede que esta actividad tan complicada de gestionar para ellos, se esté convirtiendo en una adicción. Cuando el ser humano percibe carencias en su contexto emocional, intenta compensarlas con la parte racional, y los niños, desde su falta de experiencia vital, esto puede arrasarles hasta el punto de alienarles. Averigua que lo que le puede estar faltando o funcionando mal su vida, y céntrate en eso, más que en prohibirles que jueguen. Si existen carencias, decepciones, frustraciones o abandonos en su realidad, puede que se vuelquen en la evasión que les proporciona la fantasía de estos juguetes, y la felicidad y el desarrollo de nuestros hijos están en juego. Cuando el niño se aferra a su mando, sólo, todo se vuelve fácil y es atrayente. Pero si no practica la vida real, poco a poco se irá olvidando de cómo es. Si el niño llega a no distinguir entre realidad y ficción, se mete dentro de sí mismo y crea un mundo paralelo que, a base de repetirse, se convierte en su mundo real, y del que les resultará complicado salir, aun teniendo ayuda. En ese caso tomemos las riendas del asunto y acudamos a profesionales.

 

La ventaja que encuentran los niños en los videojuegos es la libertad de decisión, algo que en la vida real aún no han conseguido, así que acompañémosles en ese objetivo ayudándolos a elegir en esa línea, que además de divertida para ellos, es aportadora.

 

El cerebro de nuestros hijos se aburre con facilidad, porque están en constante desarrollo y la información le caduca. Fomenta la motivación y la estimulación. No permitas que las pantallas sean el chupete emocional, la niñera, el anestésico o el 'aparcaniños'. Busca otras formas de ofrecerles entretenimiento y vivencias. No están tan lejos, son las mismas que hemos vivido en nuestra infancia. Nunca olvidemos que el mejor juego para el desarrollo temprano del cerebro es el que se produce en el mundo real, siempre.

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