Proceso de adaptación escolar: mucho más que dos semanas

Han pasado más de dos meses desde que los chavales, pequeños y grandes, comenzaron su curso escolar, y los procesos de adaptación de cientos de niños y niñas, desde bebés hasta adolescentes, se ponen en marcha. Y la concepción social y cultural de cómo va esto, no es la realidad de lo que sus protagonistas y sus familias vivencian.

 

Es duro y muy personal. Y si lo es para los adultos, que se nos supone autosuficientes y con recursos para gestionar emociones, cómo debe ser para un niño, depende en casi todo y con muy pocas herramientas para lo que se les viene.

 

Hace falta todavía un trabajo muy importante de toma de conciencia sobre lo que vive un menor cuando empieza en un centro educativo, los retos, las novedades, y de qué podemos hacer por ellos los adultos, familias y educadores.

 

Porque sí, tiene un gran coste psicológico, emocional y físico, por mucho que nos y se lo normalicen, desde el, una vez más, que ‘siempre se ha hecho así’. Se trata de desapego, de separación, de cambio de vínculos, de duelos ante los cambios y las novedades, en espacios, en tiempos y, sobre todo, en personas.

 

 

No es que “tienen que acostumbrarse”, que “son los primeros días”, que “lloran al principio”, que “es lo normal” … Y cuando hay peques que después de un mes siguen llorando, o somatizando en cualquier otra conducta, no es que “este niño tiene un problema”, “que es un mimado”, … Lo que sucede es que el proceso de adaptación está normalizado desde el mundo adulto, como la mayor parte de lo que le sucede al niño en este sistema, y no desde las necesidades reales del menor, tanto logísticas como emocionales.

 

Quizá es normal para nosotros los adultos, que desde nuestra experiencia vital sabemos qué es la escuela infantil, el colegio, el instituto y la universidad. Nosotros sabemos por qué los peques tienen que ir al cole y que nosotros tenemos que trabajar y no podemos estar con ellos, porque mientras nosotros estamos trabajando y sosteniendo la economía familiar. Sabemos que cuando se van haciendo mayores tienen que seguir estudiando, y cada vez más y más tiempo, y quizá más lejos de nosotros, porque sin formación, sea la que sea, no hay futuro. Pero lo que ellos saben es que cada año llega lo desconocido.

 

Hablamos de las etapas y los procesos más sensibles de nuestros menores, desde donde ellos construyen su personalidad, desde donde ensayan su socialización y su etapa adulta. Es su “micromundo”, en donde suceden las mismas cosas que fuera, las que nos pasan a nosotros y a las que tanta importancia concedemos y tan preparados estamos para minimizarlas, gestionarlas, resolverlas o modificarlas, pero que, en el contexto infantil, ni reconocemos y valoramos en la misma medida.

 

Hablamos, para mayores y pequeños, cada uno en su medida, de separación y proximidad afectiva, de cambio de figuras de referencia, de modificación de roles, de la sensación de abandono, de un nuevo ambiente de vida. Hablamos de respetar tiempos, espacios, ritmos, momentos, vivencias, procesos, de empatía, de escucha, de presencia, de dejar hacer y ser, de generar mecanismos y concebir herramientas, de refuerzos y compensaciones, y, sobre todo, de acompañamiento y sostén, y de eso que tanto se habla, pero tan poco se practica: de conciliación.

 

Por un momento imagino que en todas las escuelas infantiles dejan entrar a las familias en las aulas, hasta que sus hijos lo demanden, me imagino bebés y niños pequeños acogidos y sostenidos por sus educadores, me imagino una inmersión flexible y respetuosa con cada niño, que no hay lloros ni tristezas, sino aceptación y seguridad. Me imagino niños mayores y adolescentes escuchados y tranquilos. Me imagino para mis hijos una educación diferente a la que yo recibí.

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